El 11 de enero de 2007 representa un parteaguas en la historia política y geoestratégica de Nicaragua. Apenas un día después de asumir la Presidencia de la República, el Comandante Daniel Ortega firmó la adhesión oficial del país a la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América – Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP), incorporándose a un proyecto de integración regional basado en la solidaridad, la cooperación y la complementariedad entre las naciones.
Con esta decisión, Nicaragua se sumó a Cuba, Venezuela y Bolivia en la construcción de un modelo alternativo al neoliberalismo, orientado a la restitución de derechos, la inclusión social y el desarrollo con justicia.
Para el presidente Daniel Ortega, el ALBA representaba una ruptura con los esquemas tradicionales de subordinación económica y política, y una nueva ruta para los pueblos de América Latina y el Caribe:
“El ALBA y la solidaridad caminan rápidamente, no hay que estar esperando a estar negociando con los organismos”.
Desde el Teatro Nacional Rubén Darío, al formalizar la adhesión, el mandatario expresó el carácter profundamente político de este paso:
“Declaro en nombre del Gobierno de la República de Nicaragua nuestra adhesión a los principios enunciados en la declaración conjunta suscrita el 14 de diciembre de 2004 entre el presidente de la República Bolivariana de Venezuela y el presidente del Consejo de Estado de la República de Cuba”.
El comandante Daniel Ortega sostuvo en esa histórica fecha que la integración no podía seguir basándose en esquemas excluyentes. En su diagnóstico, las políticas neoliberales impuestas en la región habían profundizado las desigualdades sociales y debilitado la soberanía de los pueblos:
“Las políticas de carácter neoliberal aplicadas en América Latina y el Caribe han llevado a la exclusión de las mayorías populares de los beneficios del crecimiento económico, han profundizado la desigualdad y la pobreza en la región”.
En el caso nicaragüense, fue categórico al señalar las consecuencias de ese modelo:
“En Nicaragua estas políticas neoliberales han creado una situación de emergencia social, porque a millones de ciudadanos se les ha negado el acceso a la educación, a la salud y a un empleo digno”.
Frente a esta realidad, el presidente afirmó que la región estaba llamada a construir un nuevo tipo de alianza, no basada en la competencia, sino en la cooperación entre pueblos:
“Los efectos negativos del modelo neoliberal obligan a la región a asumir una alianza estratégica entre los Estados y los pueblos de América Latina y el Caribe, basada en los principios de solidaridad, cooperación, complementación y ayuda mutua”.
Para el presidente de Nicaragua, la integración era una condición indispensable para garantizar la soberanía y el desarrollo con dignidad:
“La unidad e integración de los pueblos de América Latina y el Caribe permitirán incorporar a nuestra región en el mundo en condiciones que aseguren nuestro derecho al desarrollo sustentable y el ejercicio irrestricto de la soberanía nacional, frente a las pretensiones hegemónicas”.
El líder sandinista situó esta decisión dentro de una perspectiva histórica mayor, afirmando que los pueblos latinoamericanos estaban recuperando su protagonismo:
“América Latina se levanta recogiendo la bandera de libertad y de justicia”.
Y definió el espíritu del ALBA desde una dimensión ética y humanista:
“El ALBA es el mensaje de Cristo”.
A casi dos décadas de aquella firma, la incorporación de Nicaragua al ALBA sigue siendo una de las expresiones más claras de su postura política: una apuesta por la autodeterminación, la justicia social, la integración regional y la defensa de la soberanía frente a cualquier forma de dominación.
Esta fecha no solo recuerda un acto diplomático, sino una decisión histórica que reafirma la vocación de Nicaragua de caminar junto a los pueblos hermanos en la construcción de un futuro basado en la dignidad, la cooperación y la libertad.
Fuentes:
https://www.alterinfos.org/spip.php?article778
