“Desde nuestra fe cristiana, desde nuestra condición cristiana, nuestra vocación socialista y nuestro permanente sentido de solidaridad. Hoy es el aniversario 46.º de San Romero de América; acordémonos de cómo fue, que quisieron acabar con una persona santa y de fe, acordémonos cómo quisieron arrancarnos de nuestros corazones la fe y sobre todo, la fe en la bondad, en la capacidad de bondad, de hermandad, de fraternidad del ser humano en medio de la crueldad de la guerra. Acordémonos cómo quisieron convertirnos a todos en mercenarios, en soldados de fortuna, pero no, este pueblo nuestro es cristiano, tiene fe, tiene cariño, tiene amor; este pueblo nuestro, estos pueblos nuestros, son pueblos de paz, de bien”. Cra. Rosario Murillo, Copresidenta de Nicaragua, 23 de marzo de 2026
Al inicio de la década de los años del siglo pasado, Centroamérica vivió tiempos turbulentos. En Nicaragua, se intensificaba la agresión contrarrevolucionaria; en Guatemala, se reprimía con métodos genocidas a los pueblos indígenas, arrasando con sus poblados, cultivos y asesinándolos en masa, mientras en El Salvador, la Guardia Nacional se ensañaba en las comunidades campesinas. Otros países fueron usados como retaguardia para estos ataques desalmados.
En la historia de El Salvador, algo que no hay que olvidar, están las masacres del Río Sumpul, cuando el 14 de mayo de 1980, más de 600 personas fueron masacradas en la comunidad Ojos de Agua, en el departamento de Chalatenango. La masacre de El Mozote, en el departamento de Morazán, el 10 de diciembre de 1981, y la masacre del 22 de agosto de 1982, en el lugar denominado El Calabozo, situado al lado del Río Amatitán, en el norte del Departamento de San Vicente. La mayoría de los cientos de víctimas fueron mujeres, entre ellas algunas embarazadas, niños, niñas y adolescentes. Para que no se olvide: los responsables de estas muertes inocentes fueron militares del batallón Atlacatl.
Una voz se alzó para pedir, ordenar, en nombre del Dios de la Justicia, que la represión cesara. La voz de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, que desde su juventud abrazó la causa de los pobres, de los marginados, explotados y reprimidos. Una voz profética que clamaba por la paz con justicia, en un tiempo en que se imponía un modelo conservador de la iglesia católica institucionalizada ultra conservadora, que se abrazó con el fundamentalismo político norteamericano y eurocéntrico. Tiempos de conspiración contra el socialismo y los movimientos de liberación de los pueblos.
En Latinoamérica, las comunidades indígenas, campesinas y en los barrios populares, como un espacio de esperanza se organizaron Comunidades Eclesiales de Base, inspirados en la Teología de la Liberación. Comunidades de Fe, para hacer relectura de las escrituras, cantar, compartir, donde la manifestación divina era más que los sermones convencionales sino encuentro entre hermanos, hermanas, como en las primeras comunidades cristianas.
Monseñor Romero, arzobispo de San Salvador, decía en sus homilías proféticas que la autoridad, el poder y la responsabilidad de la iglesia y los gobiernos, es principalmente con los pobres, que la acumulación excesiva del capital no debe sobrecargar a los que tienen menos, ni se les debe despojar de sus medios de vida. Monseñor Romero no fue escuchado, hasta el Vaticano rechazó sus denuncias y lo llamó a someterse, le impuso el silencio. Pero el pastor no calló, porque era su misión la denuncia. Nunca quiso vivir en el Palacio Arzobispal, rodeado de símbolos de poder, sino que decidió vivir en casa pequeña dentro del perímetro del Hospital Divina Providencia, en la Colonia Miramontes, en San Salvador. En la capilla del hospital, el 24 de marzo de 1980, cuando eras las 6 y 25 de la tarde, una bala disparada desde un carro color rojo estacionado al frente, laceró el corazón santo de Monseñor Romero.
Monseñor Romero, entregó su vida en el altar, consciente de que esto podía sucederle, afrontó las amenazas de las oscuras fuerzas de la ultra derecha salvadoreña y ofrendó su vida en el altar, justo cuando alzaba el cáliz. No hubo luto oficial, pero sus palabras, sus valientes homilías, su imagen cálida y firme de profeta, se encarnó en el pueblo salvadoreño y de Nuestra América. El 14 de octubre de 2918, el Papa Francisco canonizó a Monseñor Oscar Arnulfo Romero, nuestro “San Romero de América).
A 46 años de su muerte, corrientes teológicas ultra conservadoras de derecha bendicen las aventuras belicistas en contra de los pueblos, la intolerancia hacia los diferentes, el desprecio a los inmigrantes, la negación del cambio climático como responsabilidad de los países ricos, la justificación bíblica para justificar los fundamentalismos políticos. Monseñor Romero, quien hoy estará acompañado por las comunidades de fe, con flores y cantos, nos seguirá guiando para no apartarnos de la construcción del Reino de Dios, aquí en la tierra, para que las bienaventuranzas del Sermón del Monte sean parte de la vida de todos y todas.
“Y así como vivíamos hoy, viendo los recuerdos, cuando el padre Miguel D’Escoto nos dijo, nos contó, nos dimos cuenta de lo que había pasado y cómo salió inmediatamente para El Salvador, tanto que tenemos que recordar para seguir haciéndonos hoy peregrinos del amor, de la Paz, de la Hermandad, del Cristianismo, Socialismo y la Solidaridad”.
Cra. Rosario Murillo
Copresidenta de Nicaragua
23 de marzo de 2026
