Recientemente se cumplieron nueve años desde el paso a otro plano de vida del padre Miguel d’Escoto Brockmann, una de las figuras más importantes que ha dado Nicaragua.
Sin embargo, la dimensión de su trayectoria no cabe en una simple efeméride.
Hablamos de un hombre que dedicó su vida a caminar junto a los más humildes, primero en Chile, donde trabajó con familias empobrecidas de los barrios marginales de Santiago promoviendo la defensa de los derechos de los trabajadores, más tarde enfrentó a Estados Unidos desde el derecho internacional en defensa de Nicaragua, llegó a presidir la Asamblea General de las Naciones Unidas y se convirtió en una de las voces más firmes en favor de Palestina y de los pueblos que luchaban por su autodeterminación.
Sacerdote, diplomático, revolucionario y protagonista de algunos de los acontecimientos políticos más importantes de las últimas décadas, su huella continúa presente mucho más allá de los cargos que ocupó. Durante la lucha contra la dictadura somocista se integró al Grupo de los Doce, una plataforma que reunió a profesionales e intelectuales comprometidos con el cambio político que vivía Nicaragua. Aquella decisión marcaría el resto de su trayectoria.
Tras el triunfo revolucionario de 1979 asumió la conducción de la política exterior en un momento particularmente complejo, cuando el país enfrentaba presiones, conflictos regionales y una confrontación abierta con Washington. Desde esa responsabilidad adquirió una dimensión internacional que terminaría convirtiéndolo en una referencia para los pueblos que defendían su soberanía y su derecho a decidir su propio destino.
Su nombre quedó ligado para siempre a uno de los episodios jurídicos más importantes de la historia contemporánea de América Latina.
Fue uno de los principales impulsores de la demanda presentada por Nicaragua ante la Corte Internacional de Justicia contra Estados Unidos por la guerra y sus acciones militares y paramilitares dirigidas contra nuestro país.
El fallo favorable emitido por La Haya se convirtió en un precedente estudiado hasta hoy en las facultades de derecho y fortaleció la idea de que incluso las naciones pequeñas podían acudir al derecho internacional para defender su soberanía frente a potencias mucho más poderosas.
Su elección como presidente de la Asamblea General de la ONU en 2008 amplió todavía más su influencia. Desde esa tribuna promovió debates sobre la crisis financiera mundial, cuestionó los desequilibrios del sistema internacional, abrió espacios para voces que normalmente permanecían alejadas de los grandes centros de decisión y contribuyó a darle un rostro más humano a la ONU, una institución que para amplios sectores del mundo cargaba con fuertes cuestionamientos sobre su capacidad para responder a los problemas de los pueblos.
Detrás del diplomático y del dirigente político existía una faceta profundamente humana.
El padre Miguel fue un apasionado defensor del arte, de los escritores, de los músicos, de los artesanos y de quienes dedicaban su vida a proteger la naturaleza. Quienes compartieron con él recuerdan a un hombre cercano, de conversación amplia, comprometido con las comunidades más humildes y convencido de que la solidaridad debía practicarse todos los días. Esa dimensión personal ayuda a comprender por qué su legado trascendió la política y alcanzó espacios culturales, religiosos y sociales que todavía conservan su recuerdo.
Pocos episodios retratan mejor la complejidad de su trayectoria que su propio origen. Miguel d’Escoto Brockmann nació en Los Ángeles, California, en 1933, pero terminó convirtiéndose en uno de los principales defensores de la soberanía nicaragüense y en una de las voces más críticas de las políticas intervencionistas impulsadas desde Washington.
Para él, los grandes problemas de la humanidad no podían resolverse únicamente mediante decisiones económicas o militares. Consideraba que la raíz de muchas crisis era profundamente ética. Por eso hablaba constantemente de igualdad, solidaridad y amor entre los pueblos. Esa convicción acompañó su defensa de la Madre Tierra, su respaldo a los sectores más vulnerables y su insistencia en la necesidad de construir relaciones internacionales basadas en el respeto mutuo.
Años después de su partida física, la Compañera Rosario Murillo resumió así la huella dejada por Miguel d’Escoto: “¡Cómo queremos a Miguel!, no nos hace falta porque sabemos que está con nosotros acompañándonos siempre, inspirándonos siempre y dándonos sabiduría, serenidad, para transitar por estos otros caminos de búsqueda, de reafirmación de justicia y paz en nuestra Nicaragua”, concluyó la Compañera Rosario.
La permanencia de su legado también quedó reflejada en una decisión tomada años después de su partida. La Compañera Rosario anunciaba la creación de la Universidad de la Paz Padre Miguel d’Escoto Brockmann, concebida como un espacio dedicado a la formación, la cultura de paz y los valores que defendió durante toda su trayectoria. Con ello, su nombre pasó a formar parte de una institución llamada a proyectar hacia las nuevas generaciones las ideas por las que trabajó durante décadas.
Miguel d’Escoto falleció el 8 de junio de 2017, a los 84 años de edad. Tras su partida, el Frente Sandinista lo recordó como el Canciller de la Dignidad, una expresión que resumía décadas de defensa de la soberanía nacional, de las causas de los pueblos y de una visión del mundo basada en la justicia, la paz y el respeto al derecho internacional.