Nora Astorga nació en Managua, en el seno de una familia acomodada, rodeada de privilegios y oportunidades que le aseguraban una vida tranquila. Pero ella eligió otro camino, el de la lucha revolucionaria. Prefirió abandonar la comodidad para abrazar la causa de los pobres y convertirse en guerrillera, abogada, diplomática y madre comprometida con el pueblo de Nicaragua.
Desde joven se acercó a los barrios humildes, impartió catecismo y descubrió que la verdadera fe se expresaba en servicio y la entrega a los más desafortunados. En la Universidad Centroamericana se vinculó al Frente Estudiantil Revolucionario y luego al Frente Sandinista de Liberación Nacional, donde asumió tareas clandestinas que ella misma llamaba “trabajos de hormiga”, donde trasladaba a compañeros, enviaba correos y organizaba refugios seguros.
En 1978, su audacia quedó marcada en la operación contra el general Reynaldo Pérez Vega, “El Perro”, símbolo de la represión somocista. Tras ese hecho, Nora pasó a la clandestinidad, se entrenó como guerrillera en el Frente Sur y compartió campamento con Gaspar García Laviana, el cura guerrillero. Su nombre de guerra fue “Victoria”, reflejo de la certeza de que el pueblo triunfaría.
Con el triunfo de la Revolución en 1979, Nora cambió el fusil por la palabra, sin abandonar su firmeza y convicción. Fue fiscal en los Tribunales Populares Antisomocistas, viceministra de Justicia y, más tarde, embajadora ante las Naciones Unidas. Allí defendió con voz clara la soberanía nacional frente al imperialismo estadounidense. Sus debates con representantes norteamericanos se convirtieron en símbolo de resistencia la pequeña nación rebelde frente al gigante, y Nora como su vocera.
Su vida fue corta, apenas 39 años, pero intensa, el 14 de febrero de 1988, Día del Amor y la Amistad, Nora partió dejando un legado que no se apaga. Fue despedida como “Heroína de la Patria y la Revolución”, con la Orden Carlos Fonseca y el reconocimiento de sus compañeros. La compañera Rosario Murillo la recordó como “Norita, amor victorioso”, y el padre Miguel d’Escoto la despidió como hija, hermana y compañera.
Hoy, su memoria vive en múltiples espacios como barrios y parques que llevan su nombre, la Plaza Central del Ministerio de Relaciones Exteriores, y un centro de radioterapia que honra su vida como símbolo de esperanza y continuidad. Nora no solo es recuerdo es presencia en cada espacio que la nombra, en cada lucha que se emprende con pasión y dignidad.
En su última entrevista, dejó palabras que siguen vigentes,
“Yo he sido una privilegiada. Tuve la oportunidad de participar en la lucha contra la dictadura y ahora en la reconstrucción y en la creación de una nueva sociedad”.
Ese privilegio lo convirtió en deber, y ese deber en legado. Nora Astorga eligió la lucha sobre la comodidad, y con ello se convirtió en amor victorioso, bandera de justicia y voz de un pueblo que sigue construyendo su futuro.
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