El 10 de enero de 1975 el guerrillero y militante sandinista René Tejada Peralta, comandante Tello, cayó en combate en las inmediaciones de las montañas de Waslala. La militancia sandinista conmemora a este héroe y mártir en el cuarenta y siete aniversario, de su paso a la inmortalidad, en medio de la alegría que significa la continuidad en el gobierno del pueblo presidente.

René Tejada Peralta perteneció a la generación de guardias que se rebelaron contra el somocismo. En 1966 los hermanos David y René Tejada Peralta se habían graduado con el grado de tenientes, sin embargo, para el año 1967, ocuparon responsabilidades dentro de la estructura del Frente.  

David y René Tejada Peralta, fueron capturados en la ciudad de Managua por el mayor de la guardia somocista, Óscar Morales Sotomayor. David fue asesinado a golpes y su cadáver arrojado al cráter del volcán Santiago, ubicado en el departamento de Masaya. René fue torturado y un tiempo después puesto en libertad. El crimen desató una ola de protestas a nivel nacional, que tuvo repercusión mundial.

René tuvo la oportunidad de estudiar en la Unión Soviética y a manera de entrenamiento militar también participó junto a otros compañeros sandinistas en las guerrillas del pueblo palestino. A su regreso a Nicaragua, se interna en la montaña donde ocupa responsabilidades importantes.

Sobre su experiencia en la montaña, proponemos a nuestros lectores un extracto del sexto capítulo  del libro La Marca del Zorro, Hazañas del comandante Francisco Rivera, quien trabajó junto a Tello, en el restablecimiento de redes por medio de campesinos ligados al recuerdo de Pablo Úbeda, así como en entrenamiento militar a los campesinos y nuevos cuadros que subían a la montaña, enlistándose para la guerrilla del Frente Sandinista en la montaña:

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Antes de pasar al año 1975, cuando las cosas cambiaron de sesgo, quisiera hablar de René Tejada Peralta, Nacho, como le decíamos. Tendría unos veinticinco, veintisiete años a lo más, para el tiempo en que me encontré con él en la montaña. Era un hombre delgado, fino de facciones, ágil y resistente para las caminatas, muy dinámico y trabajador, extremadamente cuidadoso, y dueño de un gran sentido de la disciplina militar. Y a pesar de que había pasado mucho tiempo aislado en la montaña, más de tres años solo por esos rumbos, mantenía una firmeza y un entusiasmo envidiables, lleno de fe en el triunfo y de confianza en los campesinos. Porque lo que más jode el ánimo en la montaña no es el peligro, ni la fatiga física, sino la soledad tan rotunda que se padece día y noche, y a él la soledad no le había hecho mella. Un solo amor le conocí, la campesina Ignacia Cruz, con la que tuvo un hijo que se llama René, como su padre. Leticia Herrera lo adoptó.

Y un hombre de una gran ternura. Recuerdo que una vez, a finales de diciembre de 1974, me tropecé durante una caminata, al caer di con el filo del machete que andaba en la cintura y me corté cuatro dedos de la mano derecha, una herida que allí donde estábamos, sin hilo de sutura, sin antibióticos, se volvía grave. Tejada tenía conocimientos sanitarios, aprendidos en la guardia, y él se encargó de curarme con cuidados esmerados: estuvo pendiente de la herida hasta que me vio sano.

Las escuelas de entrenamiento que organizamos los dos en el corazón de las montañas del norte a partir de 1973, eran las primeras después de Pancasán y Zinica. Al comienzo, tuvimos problemas en ponernos de acuerdo, porque los métodos que habíamos aprendido eran distintos; pero al fin nos entendimos, y enseñábamos a los campesinos en razón de lo que cada uno sabía: yo, el método cubano, y él, el método gringo de la guardia. Y en los ejercicios, él dirigía unas veces al grupo de compañeros que hacían de guerrilleros, y yo a los que hacían de guardias.

Mucho le gustaba inventar consignas. Cuando los campesinos estaban en formación, les ordenaba pisotear duro el suelo, y gritar: — ¿De quién es esta tierra? Y ellos debían contestar: — ¡De nosotros, y la vamos a recuperar! — ¿Y estas armas que empuñamos? — ¡Son las que van a liberar a Nicaragua! Aunque sólo fueran palos del monte desbrozados, porque los pocos fusiles, un Garand, una carabina, algún rifle 22, nada más alcanzaban para enseñarles a desmontarlos en piezas, y volver a armarlos. Y así, gracias a su invención, transformaba en algo distinto ese asunto de gritos y consignas en coro que seguramente había aprendido también en la academia militar, cambiándole el contenido, y de allí salían esas frases revolucionarias que inspiraban a los reclutas guerrilleros en aquellas soledades.

Como una pieza principal de la preparación combativa, hacíamos participar a los alumnos en simulacros de distintos tipos de emboscadas, hostigamientos fingidos a fuerzas enemigas, maniobras de aniquilamiento, asaltos a pequeñas guarniciones, tomas de supuestas casas de jueces de mesta; y antes de empezar el día, los sometíamos a ejercicios físicos agotadores, nosotros a la par de ellos, porque en eso de las calistenias, Tejada era fanático.

La mayoría de los cursos eran para muchachos que no andaban arriba de los veinte años; y hubo otros en que los chavalos aprendían revueltos con campesinos ya más sazones; y hasta con ancianos que deseaban saber los secretos de la guerra, para que no los cogieran desprevenidos. Y en varios de esos cursos llegamos a entrenar mujeres de diferentes edades, que no le rebajaban a los hombres en nada y resultaban magníficas alumnas.

En esos cursos, que se repitieron a lo largo de los dos años que cuento, dábamos también charlas políticas, buscando explicar la historia de Nicaragua, y la razón de la lucha sandinista, con palabras de los mismos campesinos y usando ejemplos sencillos, a la manera del doctor Dávila Bolaños. Una buena cantidad de los alumnos, una vez terminado el curso, pasaban a las filas de la Brigada Pablo Úbeda; otros, ya preparados militarmente; se quedaban en sus comarcas.

Y en esa etapa dura y dichosa de hacerme guerrillero, aprendí de los dos, de Tejada y de Valdivia, verdades y secretos que en ninguna escuela que no fuera ésa de la montaña te pueden enseñar.

 A finales de 1974 Tejada había pasado por Zinica, ligado ya directamente a las estructuras de la Brigada Pablo Úbeda, para hacerse cargo del entrenamiento de los nuevos grupos de compañeros que venían del Pacífico. Y es en esa zona donde lo matan, en el mes de enero de 1975, en la casa de Apolonio Martínez, un colaborador campesino que vivía entre Waslala y Zinica,

Por entonces, las patrullas de la guardia habían entrado otra vez a la montaña a reprimir con gran furia, en respuesta a las acciones guerrilleras que siguieron a la toma de la casa del reconocido somocista Chema Castillo, en Managua, toma ejecutada por un comando del FSLN el 27 de diciembre de 1974.

Tejada andaba esa vez con Manuelón, un compañero de El Viejo. Eran cerca de las seis de la tarde, y como ya empezaba a caer la noche, dejaron la burra de monte y se metieron al rancho de Apolonio. Al poco rato, un campesino que debía llevarles la cena les hizo desde afuera la seña convenida, y Tejada salió confiado a recibirlo, sin reparar en que detrás estaba emboscada una patrulla de la guardia. A causa de una denuncia, ya le habían caído horas antes al rancho del campesino; agarraron a toda la familia, y el campesino se rajó, revelándoles el lugar donde se encontraba Tejada, y con el cuento de la comida, prepararon la celada. Y lo que es el destino: Tejada se descuidó por una sola vez en su vida, le falló la astucia, a él que era tan precavido, y ésa fue su muerte. Uno de los guardias le disparó un solo balazo, y lo mató.

Asimismo, el comandante Omar Cabezas en su libro La Montaña es algo más que una inmensa estepa verde, recuerda ampliamente todo el entrenamiento militar que les impartió René Tejada, su reflexión sobre el Hombre Nuevo y una profética frase: “A mí esta Guardia hijueputa, ya me puede matar, casi visionariamente lo dijo, ya me puede matar, porque aquí hay gente con el suficiente acero para mantener y desarrollar esta guerrilla”.

A cuarenta y siete años de distancia, este 10 de enero de 2022, se materializa nuevamente la  fe de Tello en el triunfo y en los nuevos triunfos, su confianza en los campesinos y en los compañeros que mantuvieron y desarrollaron la guerrilla, hasta el parto revolucionario del 19 de julio de 1979.

Fuentes:

La Marca del Zorro, hazañas del comandante Francisco Rivera Quintero, mayo de 2016.  

La Montaña es algo más que una inmensa estepa verde, Omar Cabezas, 1981.