Por Carlos Berrios Munguía
“En estos días de conmemoración de las grandes y victoriosas batallas queremos decir San Jacinto, queremos decir expulsión de los invasores filibusteros, queremos decir de los indios flecheros de Matagalpa, queremos decir del General José Dolores Estrada, de Andrés con su piedra de certezas y de nuestras vibrantes dignidades”.
Compañera Rosario Murillo
Copresidenta de la República de Nicaragua
El mes de septiembre en Nicaragua no representa una simple efeméride del calendario institucional o un ceremonial de orden formal; constituye la síntesis viva de un proceso histórico de resistencia, soberanía y afirmación de la dignidad nacional. Al conmemorar la gloriosa Batalla de San Jacinto del 14 de septiembre de 1856, el pueblo nicaragüense no evoca el pasado como un cuerpo inerte, sino como la raíz viva que alimenta la praxis transformadora del Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional (GRUN), copresidido por el Comandante Daniel Ortega Saavedra y la Compañera Rosario Murillo.
Como analiza minuciosamente el historiador Rafael Casanova Fuertes en su obra “Bordes Ocultos: El entretejido de nuestra historia”, la comprensión cabal de nuestra independencia exige desmitificar las narrativas oligárquicas y coloniales que intentaron congelar la historia en un acto legalista, en referencia a la firma del Acta de Independencia del 15 de septiembre de 1821 en Guatemala, que fue desde sus orígenes, un movimiento preventivo de las élites peninsulares y criollas acomodadas.
Las clases dominantes de la época buscaron la separación de la Corona española expresamente para “prevenir las consecuencias que serían terribles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo” (Artículo 1 del Acta). La verdadera pulsión independentista no nació en las elitescas mesas de negociación, sino en las insurrecciones populares de 1811 y 1812 en León, Masaya, Rivas y Granada, donde mestizos, indígenas y capas medias desafiaron el absolutismo borbónico exigiendo la abolición de tributos y monopolios.
Sin embargo, el proyecto formal de 1821 dejó intacta la estructura de dominación colonial, entregando el poder a una oligarquía servil que pronto entregaría la Patria a los intereses expansionistas del imperio norteamericano. Apenas tres décadas después, esa misma oligarquía apátrida trajo al filibustero William Walker con la pretensión de someter a Nicaragua a la esclavitud y al dominio filibustero. Es allí donde el 14 de septiembre de 1856 cobra su dimensión trascendental y refundacional.
La Batalla de San Jacinto no fue únicamente un enfrentamiento militar; fue la manifestación primigenia de la Guerra Nacional Antifilibustera y la primera gran victoria antimperialista del pueblo nicaragüense. En las murallas de la Hacienda San Jacinto, el General José Dolores Estrada, junto a los indios flecheros de Matagalpa y patriotas como Andrés Castro, demostró que la determinación de un pueblo con conciencia y honor es invencible frente al poderío extranjero. La hazaña de San Jacinto salvó no solo la soberanía de Nicaragua, sino la dignidad de toda Centroamérica. San Jacinto dotó de contenido material, popular y antimperialista al formalismo abstracto del 15 de septiembre.
Esta travesía histórica demuestra que la independencia no es un punto de llegada estático, sino una construcción dialéctica de lucha continua. Entonces, la gesta antifilibustera de 1856 encontró su prolongación histórica en la Heroica Resistencia del General de Hombres y Mujeres Libres, Augusto C. Sandino, contra la ocupación militar estadounidense entre 1927 y 1933, e indiscutiblemente en el Triunfo de la Revolución Popular Sandinista el 19 de julio de 1979. Fue con el FSLN que la bandera azul y blanca recuperó su verdadero honor, libertad de la sumisión al yugo imperial y hoy, ambas, como Banderas Nacionales que ondean con un mismo brillo ante cinco principios fundamedentales: Independencia, Soberanía, Autodeterminacion, Seguridad y Paz.
Es entonces, que en la presente etapa de Transformación Revolucionaria, el Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional le da continuidad histórica y sentido de victoria a las gestas de 1821 y 1856. Bajo la conducción sabia y firme del Comandante Daniel Ortega y la Compañera Rosario Murillo, el Estado Revolucionario nicaragüense ejerce una defensa irrenunciable de estos mencionados principios; que no se declaran como proclama de un discurso político triunfante, sino que se ejercen restituyendo derechos al pueblo: en la erradicación de la pobreza, en la construcción de infraestructura histórica, en la soberanía alimentaria, en la educación universal y gratuita y, en la defensa inquebrantable de la dignidad patria frente a las agresiones y medidas coercitivas unilaterales del imperialismo contemporáneo anglosajón y eurocentrista.
A 170 años de la pedrada inmortal de Andrés Castro, el Pueblo Presidente ratifica que el fuego sagrado de San Jacinto sigue vivo, como declaró el comandante Daniel Ortega: “Le decimos a Andrés: aquí están tus hijos, aquí está tu pueblo, que está dispuesto a lanzar la piedra para defender la paz y la soberanía de Nicaragua”, con lo cual reafirmamos que Nicaragua avanza en un camino ininterrumpido, demostrando al mundo que la Patria de Sandino y Darío no se rinde, no se vende y jamás volverá a ser esclava de ningún imperio
Referencias:
https://www.unan.edu.ni/wp-content/uploads/unan_managua_csmeb_revista_soberaniano_20.pdf