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Diario Barricada
Opinión

Los Lacayos

Redacción Central
Redacción Central 05 de octubre, 2026 • 6 min de lectura

Los lacayos vienen de siglos atrás, de una época en la que reyes, nobles, señores y familias adineradas acostumbraban a rodearse de criados encargados de acompañarlos y atender hasta los detalles más pequeños de su vida cotidiana y, aunque no existe una fecha precisa que marque el surgimiento de esta figura, porque incluso el origen de la palabra continúa discutido, en castellano ya existen testimonios desde el siglo XV y su papel quedó conectado muy temprano con el criado que seguía los pasos de su señor. Los criados vestían librea, una indumentaria que permitía reconocer a qué casa servían, y permanecían siempre cerca de su amo, caminando junto al caballo o acompañando el carruaje durante sus desplazamientos, pendientes de ayudarlo cuando descendía, de abrirle paso al llegar a algún lugar, de actuar como mensajeros cuando se lo orientaban o de hacerse cargo de aquello que necesitara durante el trayecto, porque su función consistía en servir y estar disponibles, siguiendo siempre la marcha de quien los empleaba y acomodando su vida a las órdenes que recibían, aunque en otros momentos, pero sin mayor trascendencia, la palabra también llegó a utilizarse para referirse a los soldados de a pie que acompañaban a los caballeros durante la guerra.

Ese modo de vida, siempre pendiente de las necesidades y decisiones de otra persona, terminó dándole a la palabra un sentido que fue mucho más allá de la labor que aquellos criados desempeñaban, al punto que la Real Academia Española todavía define al lacayo como el criado de librea cuya principal ocupación era acompañar a su amo, pero también recoge el significado de servil y rastrero. Con el paso de los siglos, aquella forma de servicio fue quedando atrás a medida que la sociedad dejó de depender de los carruajes y la vestimenta perdió el lugar que había tenido como distintivo de quienes trabajaban para una casa determinada, de modo que aquellos sirvientes dejaron de verse caminando junto a los caballos, aunque el nombre no desapareció con ellos, porque comenzó a utilizarse para describir a quienes mantenían una conducta de obediencia y subordinación frente a otra persona, haciendo que la palabra sobreviviera mucho más tiempo que la propia función que le dio origen.

Desde entonces, el nombre dejó de señalar únicamente a quien cumplía aquellas tareas y comenzó a usarse para describir una manera de comportarse, la de quien renuncia a actuar por cuenta propia para plegarse a la voluntad de alguien más poderoso, buscando con ello protección, recompensa o algún beneficio, y fue así como la palabra empezó a salir del ámbito de dicha antigua relación de servicio para entrar primero en la literatura, después en la opinión pública y más tarde en el lenguaje político, donde pasó a emplearse de forma despectiva, pero acertada, para nombrar a quienes se someten, adulan o terminan sirviendo intereses ajenos a los suyos.
Esa manera de anteponer la voluntad de otro a la propia hizo que el término perdurara de generación en generación y llegara hasta nuestros días, porque ya no dependía de una ocupación determinada ni de la sociedad que la había creado, sino de una conducta capaz de transformarse a lo largo del tiempo, con distintos poderosos y diferentes servidores, pero manteniendo siempre la misma relación entre quien dispone y quien se acomoda a su voluntad, renunciando incluso a su propia dignidad para entregarse por completo a quien termina convirtiendo en su nuevo amo.

A lo largo de su historia, Nicaragua ha tenido que enfrentar también a sus propios lacayos, aquellos que han pretendido vender la patria y ponerla al servicio de intereses imperiales, y uno de los episodios más claros ocurrió cuando William Walker llegó en 1855 llamado por nicaragüenses en medio de la guerra entre liberales y conservadores, se autoproclamó presidente e impuso la esclavitud, hasta que el general José Dolores Estrada, Andrés Castro y los indios flecheros de Matagalpa lo derrotaron y expulsaron de la Hacienda San Jacinto junto a sus hombres, debilitando su dominio hasta obligarlo meses después a abandonar Nicaragua, para terminar finalmente fusilado en Honduras en 1860.

Medio siglo después, en una Nicaragua donde volvían a actuar lacayos de estas tierras que abrieron las puertas a la intervención estadounidense y buscaron respaldo en Washington para anteponer sus propios intereses a los de la patria, surgió frente a esa entrega el General Benjamín Zeledón el cual enfrentó a los invasores y murió combatiéndolos en 1912, dejando una huella que años más tarde inspiraría al General Augusto C. Sandino, quien organizó el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional y los enfrentó en una guerra desigual hasta derrotarlos y obligarlos a salir de Nicaragua en 1933, con los marines fuera del país, la historia tampoco terminaría de escribirse sin exhibir quiénes fueron los lacayos de aquellos tiempos, entre ellos Adolfo Díaz, José María “Chema” Moncada y, posteriormente, el dictador Anastasio Somoza García.

Después, la Revolución Sandinista también tuvo que enfrentar a los lacayos de su tiempo, esta vez agrupados en la Contra y financiados, armados y entrenados por Estados Unidos para combatir al Gobierno Sandinista de 1979, una guerra que dejó miles de muertos y que no consiguió derrotar al sandinismo, hasta desembocar años posteriores en acuerdos regionales que pusieron fin a la agresión militar. Pero hemos sido testigos de cómo los lacayos se reproducen con facilidad y lo vimos nuevamente cuando en 2018 intentaron dar un golpe de Estado contra el Gobierno presidido por la Compañera Rosario Murillo y el Comandante Daniel Ortega, provocando muertes, destrucción y un fuerte retroceso económico, hasta que aquella intentona fue derrotada y, años después, esos 222 terroristas fueron montados en un avión con rumbo a Washington, su destino final, donde fueron recibidos por sus principales patrocinadores.

Hoy esos lacayos golpistas se refugian en Estados Unidos, Costa Rica y España, desde donde conspiran y pretenden continuar vendiendo la patria, son arrastrados y sin dignidad, se arrodillan ante distintas embajadas para pedir intervención militar, sanciones, bloqueo y nuevas agresiones contra el pueblo nicaragüense, mientras se muestran orgullosos por fotografiarse con los verdugos de nuestro pueblo y sus titiriteros. Ya perdieron la vergüenza y se dejan ver en los pasillos de las Naciones Unidas, en la antesala de la OEA y en los corredores del Congreso estadounidense, siempre solicitando lo mismo: males para Nicaragua. Son los lacayos de estos tiempos, serviles, vendidos, sin identidad ni amor propio, entregados a intereses ajenos y empeñados en buscar fuera del país lo que no pudieron conseguir dentro, pero están derrotados, el pueblo los derrotó y, seguirán derrotados. Nicaragua los escupe.