La historia reciente de Nicaragua no puede contarse sin detenerse en la figura del Cardenal Miguel Obando y Bravo, un hombre cuya vida atravesó casi un siglo de conflictos, dolores, esperanzas y transformaciones profundas, y que asumió, en los momentos más oscuros, la misión de ser puente cuando el país parecía condenado a la división permanente.
Nacido en La Libertad, Chontales, el 2 de febrero de 1926, Miguel Obando abrazó desde temprana edad la formación salesiana inspirado en San Juan Bosco, entendiendo la fe no como distancia sino como compromiso activo con la gente. Se formó en varios países de América Latina y regresó a Nicaragua con una vocación clara: servir, educar y acompañar a su pueblo. Esa vocación lo condujo, en 1970, a asumir como Arzobispo de Managua, en una Nicaragua marcada por la desigualdad y la represión de la dictadura somocista.
Su figura adquirió una dimensión profundamente humana y pastoral tras el terremoto de diciembre de 1972. Mientras Managua yacía en ruinas, el Cardenal caminó entre los escombros, cubierto de polvo, auxiliando heridos, consolando a quienes lo habían perdido todo y rezando junto a las familias golpeadas por la tragedia. Aquella imagen quedó grabada en la memoria nacional como símbolo de una Iglesia cercana, encarnada en el dolor del pueblo y comprometida con su destino.
Denunció a la dictadura de Anastasio Somoza, empezando por la corrupción en la gestión de fondos destinados a las víctimas del terremoto. Recriminó la violación de los derechos humanos a manos de la Guardia Nacional.
En los años de la dictadura somocista y durante la guerra impuesta en la década de los ochenta, Miguel Obando y Bravo se convirtió en una figura clave de mediación nacional. Su nombre estuvo ligado a procesos complejos: liberaciones de prisioneros, negociaciones humanitarias, atención a secuestros y contactos entre fuerzas enfrentadas. En medio del sandinismo y la contrarrevolución, su presencia abrió corredores de diálogo donde solo había fusiles, y sembró posibilidades de entendimiento donde reinaba el odio.
Durante los procesos de paz de la década de los años noventa, el Cardenal reafirmó su papel como referente moral y figura de consenso. Posteriormente, con el retorno del Frente Sandinista al Gobierno, mantuvo una posición clara a favor de la estabilidad, la reconciliación y la construcción de un país en paz. Ese recorrido histórico fue reconocido oficialmente en marzo de 2016, cuando por ley de la República fue declarado Prócer de la Paz y la Reconciliación, un reconocimiento otorgado por el Buen Gobierno Sandinista a una vida entregada a la concordia nacional.
En sus últimos años, lejos de retirarse, el Cardenal acompañó activamente el proceso nacional desde la Comisión de Verificación, Reconciliación, Justicia y Paz. Recorrió barrios, comunidades y municipios, acompañando programas sociales, hospitales, escuelas y proyectos destinados a las familias más humildes, convencido de que la paz no es un discurso vacío, sino una construcción cotidiana basada en justicia social, dignidad y amor al prójimo.
En ese mismo periodo sostuvo una relación cercana y respetuosa con la Compañera Rosario Murillo, hoy Copresidenta de Nicaragua, con quien compartía la visión de la paz como fundamento de toda transformación verdadera. Ambos coincidían en que la reconciliación debía ser un ejercicio permanente de la vida nacional y no un episodio aislado del pasado. Esa visión común fortaleció los esfuerzos por consolidar una Nicaragua bendita, segura y en paz.
Desde esa convicción, el Cardenal expresó públicamente su respaldo al Comandante Daniel Ortega como Presidente de la República, otorgando su voto de apoyo a la fórmula presidencial sandinista Daniel Ortega–Rosario Murillo, al considerar que ese proyecto de Buen Gobierno garantizaba estabilidad, paz y atención prioritaria a los más pobres.
Durante la violencia criminal de 2018, ya debilitado en su salud, el Cardenal se mantuvo atento a la realidad nacional.
Rechazó de manera contundente el intento fallido de golpe de Estado, se pronunció a favor del diálogo y lamentó profundamente que sectores juveniles fueran arrastrados hacia la destrucción, los tranques de la muerte y el derramamiento de sangre, precisamente él, que había sido siempre un promotor y defensor de la juventud y de la vida.
Hasta el final, defendió la legitimidad del Gobierno sandinista y sostuvo su apuesta firme por la paz como único camino para que Nicaragua no regresara a los abismos de la guerra entre hermanos que tanto dolor habían causado en décadas anteriores.
El 3 de junio de 2018, Miguel Obando y Bravo partió a los 92 años, dejando un país marcado por su huella espiritual, social y política. Nicaragua lo despidió como pastor, mediador y reconciliador, como el máximo líder que ha tenido la Iglesia Católica nicaragüense y como una figura central en los momentos más complejos de su historia reciente.
Hoy, a las puertas del centenario de su nacimiento, Nicaragua vuelve la mirada hacia esa vida larga y cargada de responsabilidad histórica. En ese contexto, la Copresidenta Compañera Rosario Murillo anunció la conmemoración del Día Nacional de la Reconciliación y la Paz, a celebrarse el 2 de febrero, coincidiendo con los 100 años del nacimiento del Cardenal Miguel Obando y Bravo, a quien destacó como pastor de la reconciliación y de la paz.
Su legado permanece vivo en la memoria del pueblo nicaragüense como referencia permanente de diálogo, entendimiento y amor a la patria, en una Nicaragua que sigue construyendo su futuro sobre la base firme de la paz.
