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Diario Barricada
Análisis

Nicaragua jamás será colonia o protectorado de nadie

Redacción Central
Redacción Central 21 de julio, 2026 • 7 min de lectura

La historia de Nicaragua ofrece un amplio, sangriento y doloroso registro de acontecimientos que han marcado el debate sobre la soberanía nacional y la influencia extranjera en los asuntos internos del país. Desde las intervenciones militares estadounidenses de comienzos del siglo XX, pasando por los distintos gobiernos impuestos por los yanquis, hasta aquellos que se arrodillaron ante la potencia del norte, y para evitar que esos antecedentes vuelvan a repetirse en este siglo XXI, durante la conmemoración del 47 aniversario del Triunfo de la Revolución Popular Sandinista, el Comandante Daniel Ortega expuso su visión sobre el futuro político de Nicaragua y el papel que han desempeñado las potencias extranjeras en la vida de nuestro país.

En ese contexto, el Comandante Daniel Ortega afirmó que las amenazas contra la estabilidad del país no han desaparecido y advirtió que, aunque Nicaragua vive en paz, persisten intentos de injerencia y conspiración política desde el exterior. Al respecto expresó: “No crean que porque no hay guerra estamos en paz. Ellos viven conspirando ahí, conspirando, organizando, buscando cómo organizar partidos para que en una elección, que ellos se suponen, entonces esos partidos ganen las elecciones”. A continuación añadió: “Aquí se acabó la historia de que los partidos puestos por los yanquis, puestos por los somocistas volverán a llegar al gobierno, jamás, jamás, jamás”. En ese mismo sentido, anunció que desde la Asamblea Nacional “se trabajarán las leyes correspondientes, porque hay que hacer las leyes que les pongan un muro, un bloque a los golpistas, a los vendepatrias y que por mucha plata que les den los yanquis, no podrán, no podrán, no podrán”, finalizó el Comandante Daniel Ortega.

La historia exhibe a los peleles que estuvieron al servicio de la potencia del norte durante las primeras décadas del siglo XX, período en el que Nicaragua vivió una etapa de entrega total al gobierno estadounidense. Tras la ocupación militar iniciada en 1912, Washington respaldó a distintos gobiernos que actuaron como títeres y fueron afines a sus intereses estratégicos en Centroamérica. En ese período, los marines y la diplomacia estadounidense ejercían el control político y militar del país, influyendo de manera determinante en las principales decisiones del Estado.

Y para muestra un botón, Adolfo Díaz gobernó Nicaragua en dos períodos, entre 1911 y 1917, y posteriormente entre 1926 y 1929. Su retorno al poder ocurrió en medio de una crisis política y de una nueva intervención militar estadounidense. Durante su administración se produjo el desembarco de los marines, quienes permanecieron en territorio nicaragüense durante varios años. Los hechos históricos lo exhiben como un gobierno apéndice de Washington, sostenido por el respaldo político y militar de Estados Unidos para mantenerse en el poder.

La continuidad de esa sumisión política quedó reflejada en 1927, cuando el liberal José María Moncada aceptó el Pacto del Espino Negro, negociado bajo la mediación del enviado especial estadounidense Henry L. Stimson. El acuerdo puso fin al enfrentamiento entre la mayoría de las fuerzas liberales y conservadoras, dispuso el desarme de los combatientes y abrió el camino para la creación de la Guardia Nacional, organizada bajo la dirección y asesoría de Estados Unidos. Posteriormente, Moncada ganó las elecciones de 1928 y ejerció la Presidencia entre 1929 y 1933, período en el que el águila imperial mantuvo secuestradas la patria y la democracia nicaragüense, mientras su gobierno permanecía alineado con los intereses de Washington.

En la lista de peones de Estados Unidos prosiguió Anastasio Somoza García, quien aprovechó el poder adquirido como jefe director de la Guardia Nacional para consolidar su control sobre el país. Tras derrocar al presidente Juan Bautista Sacasa en 1936, asumió la Presidencia e inició una dinastía familiar que se prolongó durante más de cuatro décadas. Su régimen mantuvo una estrecha relación con Estados Unidos y recibió respaldo político y militar de Washington durante buena parte de su permanencia en el poder. En ese período, Somoza García atendiendo ordenes de su protector, llevó a cabo el magnicidio del general Augusto C. Sandino el 21 de febrero de 1934.

Tras el fin de la dinastía somocista, el Frente Sandinista impulsó la celebración de las elecciones generales de 1984, consideradas las primeras elecciones libres en la historia de Nicaragua. Convocadas mediante el Decreto No. 1400 y celebradas el 4 de noviembre de ese año, permitieron a los nicaragüenses elegir mediante voto directo y secreto al presidente, vicepresidente y a los 90 diputados de la Asamblea Nacional encargada de redactar una nueva Constitución Política. En esos comicios participaron siete partidos políticos y el comandante Daniel Ortega Saavedra fue electo presidente de la República con el 67 % de los votos, dando inicio a una nueva etapa de procesos electorales en el país.

Posteriormente se realizaron las elecciones de 1990, desarrolladas en un contexto de guerra y de fuertes presiones de Estados Unidos, pues la administración estadounidense condicionó el levantamiento del embargo comercial impuesto en 1985 y el fin del conflicto al triunfo de Violeta Barrios de Chamorro, mediante mensajes que fueron percibidos por parte del electorado como amenazas de que la guerra y las sanciones continuarían si el resultado era otro.

El Frente Sandinista, teniendo el poder, las armas, el pueblo de su lado y la razón de su parte, aceptó los comicios amañados y posteriormente también participó en las elecciones de 1996, donde las boletas electorales con votos a favor del FSLN se encontraban botadas en los cauces y calles, en un claro proceso fraudulento. Aun así, el sandinismo reconoció al doctor Arnoldo Alemán como nuevo presidente de la República y aceptó el inicio de su gobierno liberal. Para el 2001 participó en otras elecciones presidenciales cargadas de irregularidades que pusieron en duda la legitimidad de ese proceso, pero, una vez más, el partido sandinista, en otro acto de estatura política y en aras de evitar el caos y la violencia en las calles, aceptó la dudosa victoria del ingeniero Enrique Bolaños, hasta retornar al gobierno mediante las urnas en 2006, cuando recuperó la Presidencia de la República. Desde entonces ha continuado participando en nuevos procesos electorales, en los que, con el respaldo de todo un pueblo, ha venido ganando cada elección mediante el voto popular y bajo las mismas reglas del juego que rigen para todos los partidos políticos.

En definitiva, la Nicaragua cristiana, socialista y solidaria no es ni será jamás colonia ni protectorado de ninguna potencia extranjera. Los hechos expuestos a lo largo de este recorrido muestran que la derecha ha sido impuesta en distintos momentos por fuerzas externas, manteniendo una relación de subordinación a esos intereses y dando la espalda al pueblo nicaragüense. Ante esa realidad, el pueblo debe permanecer unido en defensa de la paz, la soberanía y de los derechos que le han sido restituidos durante estos diecinueve años de Buen Gobierno, bajo la sabiduría y el liderazgo de la Copresidenta Compañera Rosario Murillo y la experiencia del Copresidente Comandante Daniel Ortega.