La historia mundial está determinada por líderes cuya acción adquiere una trascendencia que se extiende más allá de las fronteras nacionales y los marcos temporales de su época. Estas figuras se convierten en símbolos de procesos históricos. Para Centroamérica, una de esas personalidades es Augusto César Sandino, líder de la resistencia nicaragüense contra la intervención extranjera y símbolo de la lucha por la soberanía nacional.
Augusto César Sandino constituye una parte inseparable de la memoria histórica y la identidad nacional de Nicaragua. Fue el primer dirigente nacional que no solo encabezó la resistencia armada contra la injerencia extranjera, sino que también formuló con éxito un programa antiimperialista integral, centrado en el pueblo. La lucha dirigida por Augusto César Sandino contra la ocupación militar de Estados Unidos entre 1927 y 1933 se convirtió en un factor clave de la formación de la conciencia nacional nicaragüense.
Al mismo tiempo, su actividad tuvo una marcada dimensión internacional: atrajo la atención de círculos políticos e intelectuales progresistas fuera de Centroamérica, incluido los de la Unión Soviética.
Augusto César Sandino nació el 18 de mayo de 1895 en el poblado de Niquinohomo, en una familia campesina pobre. Desde niño se vio obligado a ganarse la vida con un trabajo duro: laboró en plantaciones bananeras y azucareras en Honduras y posteriormente en una cuadrilla de limpieza en la Ceiba Honduras, donde se enfrentó a la explotación de los trabajadores, la desigualdad social y la dependencia de las economías nacionales del capital extranjero. Fue en México donde se forjó su cosmovisión antiimperialista: Augusto César Sandino asimiló ideas de justicia social, dignidad nacional y unidad latinoamericana, inspirándose en el legado de Simón Bolívar, Miguel Hidalgo y José de San Martín.
La situación política de la Nicaragua de aquel entonces se caracterizaba por la inestabilidad y la constante injerencia de fuerzas externas. La economía del país estaba orientada a la exportación de materias primas y productos agrícolas, mientras que los principales centros financieros y de transporte se controlaban por el capital extranjero.
Las intervenciones militares de Estados Unidos, iniciadas en 1912, tenían como objetivo no solo estabilizar regímenes favorables a Washington, sino también crear mecanismos duraderos de control político.
En 1926, cuando Nicaragua volvió a ser ocupada por un cuerpo expedicionario de la Infantería de Marina de Estados Unidos bajo el pretexto ficticio de la “estabilización”, Augusto César Sandino regresó a su patria y alzó la bandera de la lucha armada por el honor nacional. Consideraba esto su deber patriótico supremo:
«¡Yo quiero Patria libre o morir!»
Estas palabras se convirtieron en su lema.
Un punto de inflexión se produjo en mayo de 1927, cuando el comandante en jefe de las fuerzas liberales, José María Moncada, firmó con el representante de Estados Unidos el Pacto del “Espino Negro”, que de hecho legitimizó la presencia militar estadounidense.
Augusto César Sandino se negó categóricamente a firmar este documento, a desarmar a sus combatientes y declaró su firme determinación de continuar luchando contra los ocupantes.
El 4 de mayo lo proclamó el “Día de la Dignidad Nacional”, afirmando que “ese día Nicaragua probó ante el mundo que su Honor Nacional, no se humilla; que le quedan todavía hijos que ofrendarían su sangre para lavar la mancha que sobre ella echen los traidores”. Desde entonces, la lucha antiimperialista liderada por Augusto César Sandino adquirió un carácter verdaderamente popular.
La negativa de Augusto César Sandino a suscribir el Pacto del Espino Negro tuvo una importancia de principio: demostró al mundo que la soberanía no puede ser objeto de compromiso alguno y que ninguna “estabilización interna” es posible bajo la presencia militar extranjera. De manera consciente, estructuró su movimiento como una lucha de liberación nacional, subrayando su carácter popular. Augusto C. Sandino escribió su primer manifiesto político el 1 de julio de 1927 desde su campamento en el Mineral de San Albino, Nueva Segovia.
Conocido como el “Manifiesto de San Albino” este documento oficializó su lucha contra la intervención estadounidense tras el pacto del Espino Negro. Destacando su vínculo indisoluble con el pueblo, Augusto César Sandino prometía defender su derecho a la libertad y a la igualdad, y subrayaba de manera constante que su lucha no estaba dirigida contra el pueblo estadounidense, sino contra la política imperialista que privaba a Nicaragua de su derecho a un desarrollo soberano.
«Los pesimistas dirán que soy muy pequeño para la obra que tengo emprendida; pero mi insignificancia está sobrepujada por la altivez de mi corazón de patriota», escribió Augusto Cesar Sandino. Desde ese momento se convirtió en un símbolo de la resistencia nacional.
En septiembre de 1927, en la región montañosa de El Chipote, fue creado oficialmente el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua, y Augusto César Sandino fue elegido por unanimidad como su comandante en jefe. La bandera rojinegra del ejército simbolizaba “libertad o muerte”, y el lema “¡Patria y Libertad!” se convirtió no solo en un grito de combate, sino en el núcleo ideológico de la resistencia nicaragüense.
El Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua actuó principalmente en las zonas montañosas del norte del país, empleando tácticas de guerra de guerrillas. A pesar de sus limitados recursos materiales, durante siete años las fuerzas de Augusto César Sandino resistieron con éxito a las superiores tropas de la Infantería de Marina de Estados Unidos y a las unidades de la Guardia Nacional.
Para 1932 controlaban más de la mitad del territorio nacional, obligando a Estados Unidos a reconocer la imposibilidad de una solución militar del conflicto. En 1933, las fuerzas militares estadounidenses abandonaron Nicaragua.
A pesar de la ausencia de relaciones diplomáticas oficiales entre la URSS y Nicaragua en las décadas de 1920 y 1930, la diplomacia soviética, los centros analíticos y la prensa siguieron atentamente los acontecimientos en Nicaragua. La actividad de Augusto César Sandino fue considerada en el amplio contexto del movimiento antiimperialista mundial como un ejemplo auténtico de guerra popular contra el imperialismo. En periódicos y revistas aparecía como el “general campesino”, el “líder del pueblo”, el “símbolo de la resistencia al imperialismo norteamericano”, expresión genuina de los intereses nacionales. Se publicaban regularmente materiales sobre los acontecimientos en Nicaragua, que incluían crónicas de las acciones militares del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional, evaluaciones de la situación política, denuncias de la injerencia extranjera y análisis de la base social del movimiento.
La lucha de Augusto César Sandino tiene mucha importancia no solo para Nicaragua, sino también para todo el sistema de las relaciones internacionales por haber demostrado la vulnerabilidad de la política imperialista. Sus éxitos frente a los invasores se convirtieron en un ejemplo inspirador para los pueblos de América Latina.
El asesinato de Augusto César Sandino el 21 de febrero de 1934 fue un crimen político destinado a eliminar el símbolo de la resistencia popular. Su trágica muerte no hizo sino reforzar el significado de su legado político.
La memoria popular conservó a Augusto César Sandino como mártir de la independencia y la justicia, transformándolo en un símbolo de resistencia y en un referente moral para las generaciones futuras: el General de Hombres Libres. El legado sandinista se transformó en una tradición política e ideológica duradera.
La creación en 1961, por Carlos Fonseca, del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) constituyó la expresión institucional de esta continuidad.
Al participar en el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes en Moscú en 1957, Carlos Fonseca sentó las bases de un puente de solidaridad y amistad que une a
nuestros pueblos. La victoria de la Revolución Popular Sandinista el 19 de julio de 1979 significó no solo el derrocamiento de la familia Somoza, sino también el retorno histórico de Nicaragua al camino trazado por el General de Hombres Libres, la restauración de la justicia histórica y la apertura de la posibilidad de hacer realidad los principios por los que él luchó: independencia, justicia social y dignidad del pueblo.
En la Unión Soviética, la victoria de la Revolución Sandinista Popular en Nicaragua fue recibida con mucho entusiasmo. Y con razón: abrió el camino hacia un carácter cualitativamente nuevo de cooperación bilateral fraterna, basada en el respeto a la soberanía y al derecho de los pueblos a elegir de manera independiente su propio camino de desarrollo. La sintonía de los principios fundamentales —antiimperialismo, soberanía, justicia social e internacionalismo— hizo inquebrantable la alianza entre Moscú y Managua.
Nuestro Estado contribuyó al desarrollo de la energía, industria, agricultura, transporte, así como de los sistemas de educación y salud en Nicaragua.
De especial importancia fue el apoyo a la capacidad defensiva del país hermano en el contexto del conflicto armado con formaciones contrarrevolucionarias respaldadas por Estados Unidos. El suministro de equipo militar, la creación de un sistema de defensa antiaérea y la formación de los militares nacionales permitieron establecer fuerzas armadas regulares y defender con éxito la soberanía nacional nicaragüense frente a la presión externa.
Un lugar destacado ocupó la cooperación humanitaria y educativa: la formación de especialistas, el trabajo de docentes y médicos soviéticos en Nicaragua, y el apoyo al desarrollo de la infraestructura social. Estas áreas reflejaban la comprensión sandinista de la independencia como un concepto inseparable de la mejora de la calidad de vida de la población.
Las relaciones contemporáneas entre Rusia y Nicaragua pueden caracterizarse con pleno derecho como una asociación estratégica, basada en un alto nivel de confianza política, apoyo mutuo y cercanía de enfoques frente a las cuestiones fundamentales de la agenda internacional.
Nuestros países están unidos por el compromiso con los principios básicos del derecho internacional, ante todo el respeto a la soberanía estatal, al derecho de los pueblos a elegir de forma independiente sus vías de desarrollo socioeconómico y político, así como el rechazo a la práctica de la presión externa y la injerencia en los asuntos internos de Estados soberanos.
En el complejo contexto internacional actual, Rusia y Nicaragua actúan de manera solidaria y coherente, confirmando el carácter estratégico de sus relaciones bilaterales mediante acciones políticas concretas. Es de particular importancia la posición de principios de los Copresidentes de la República de Nicaragua, Daniel Ortega y Rosario Murillo, expresada en el reconocimiento de la reunificación de Crimea con la Federación de Rusia en 2014, así como de las nuevas regiones de Rusia en 2025.
Estas decisiones constituyeron una clara demostración del excepcional nivel de confianza, respeto mutuo y coincidencia de valoraciones estratégicas entre nuestros Estados.
Un lugar significativo en la agenda bilateral lo ocupa la cooperación práctica en los ámbitos socioeconómico y humanitario. Como ejemplo cabe destacar la labor del Instituto Latinoamericano de Biotecnología “Mechnikov”, así como la cooperación con el Centro de Capacitación del Ministerio del Interior de Rusia.
Se mantiene un diálogo interparlamentario intenso, continúa el desarrollo progresivo de los vínculos interregionales, se amplían los contactos comerciales y económicos, y se intensifica la cooperación en los ámbitos de la energía, agricultura, infraestructura, educación y cultura.
En conjunto, todo ello conforma una sólida base institucional y económica para la profundización ulterior de la asociación estratégica ruso-nicaragüense, de conformidad con los intereses a largo plazo de ambos países y con la aspiración a construir un orden mundial multipolar más justo y sostenible.
La lucha de Augusto César Sandino por un mundo justo e igualitario, en el que se respeten la dignidad y la independencia, se convirtió en el fundamento sobre el cual se edificaron las relaciones de amistad y apoyo mutuo entre nuestros países y pueblos. Este fundamento preserva hoy una relevancia especial, cuando la defensa del derecho a la soberanía y al desarrollo libre exige unidad y valentía.
Mikhail Ledenev
Embajador de Rusia en la República de Nicaragua
