Faltaban pocos días para que Víctor Jara cumpliera 41 años cuando el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 puso fin al Gobierno del Presidente Salvador Allende, mientras el cantautor, actor, director teatral y profesor de la Universidad Técnica del Estado se encontraba en ese centro de estudios, cuyas instalaciones fueron ocupadas por fuerzas golpistas que detuvieron a centenares de estudiantes, trabajadores y docentes. Entre los prisioneros estaba Jara, trasladado posteriormente al Estadio Chile, convertido en centro de detención, donde sus captores comenzaron a interrogarlo y ejercieron contra él una violencia que se prolongó durante su cautiverio, golpeándolo brutalmente en el rostro y castigando sus manos hasta fracturarle los dedos, mientras las torturas persistían dentro del recinto. El 16 de septiembre fue asesinado y su cuerpo apareció con múltiples fracturas y 44 impactos de bala, dos en la cabeza, 16 en el pecho, dos en el brazo derecho, seis en el abdomen y 18 en las piernas, heridas que recorrieron prácticamente toda su anatomía y dejaron constancia de la violencia ejercida durante sus últimos días.
Cincuenta y tres años han transcurrido desde aquel crimen y la historia nos lleva a este aniversario con un nuevo capítulo ocurrido en julio de 2026, cuando fue capturado Nelson Haase Mazzei, el último de los condenados por las muertes de Víctor Jara y Littré Quiroga, delitos por los que permanecía prófugo después de tres años evadiendo el cumplimiento de una sentencia de 25 años y dos días de prisión.
Antes de que la música lo hiciera conocido fuera de Chile, Víctor Jara había aprendido a mirar el mundo desde una familia campesina donde las dificultades formaban parte de la vida diaria. Su madre, Amanda Martínez, era cantora popular y desde niño lo acercó a la música, que comenzó a formar parte de su vida mientras crecía y conocía de cerca las dificultades que acompañaban a su familia. Con los años, aquellas vivencias fueron apareciendo en sus canciones, donde contó historias de hombres y mujeres que trabajaban, se enamoraban y enfrentaban las desigualdades de la sociedad chilena. También encontró en el teatro otra manera de expresar lo que había aprendido y vivido, por lo que se formó como actor y más adelante asumió la dirección escénica, mientras su interés por la música continuó creciendo hasta llevarlo a cantar con Cuncumén, trabajar con Quilapayún y acercarse a la Peña de los Parra, donde compartió con artistas que impulsaban una nueva manera de cantar sobre Chile y su gente. Después inició su carrera como solista y llegó a convertirse en una de las principales voces de la Nueva Canción Chilena. De aquellos años nació “Te recuerdo Amanda”, en la que utilizó el nombre de su madre para contar el encuentro breve de Amanda y Manuel durante los minutos de descanso de una fábrica, una historia de amor entre trabajadores que terminó siendo escuchada mucho más allá de su propio país.
Aquella manera de contar la vida de los trabajadores también fue tomando un sentido político que Jara nunca ocultó y que se hizo más visible con la llegada de Salvador Allende al Gobierno al frente de la Unidad Popular.
Su respaldo a esa coalición lo llevó a cantar en sus actividades y a defender públicamente sus convicciones, sin abandonar las historias cotidianas que alimentaban sus composiciones.
En 1969, “Plegaria a un labrador” ganó el Primer Festival de la Nueva Canción Chilena y, años después, “El derecho de vivir en paz” extendió el alcance de una obra que comenzó a escucharse entre los estudiantes y trabajadores, mientras Víctor Jara continuaba con la música, el teatro y sus clases en la universidad, actividades que compartía con la militancia en el Partido Comunista de Chile y el apoyo al Gobierno de Allende. Esa posición política era conocida mucho antes del golpe de Estado y quienes lo tuvieron prisionero sabían de su participación, algo que posteriormente quedó registrado en los procesos judiciales que reconstruyeron las circunstancias de su detención, las torturas que padeció y su posterior asesinato.
Entre los nombres que aparecen junto al de Víctor Jara en aquellos días está Littré Quiroga, entonces director general de Prisiones, quien permaneció detenido en el Estadio Chile y también fue asesinado. La justicia investigó ambos asesinatos dentro de una misma causa, pero tuvieron que pasar décadas para que el proceso avanzara, mientras los sobrevivientes comenzaron a relatar lo que habían vivido y los antiguos soldados declararon sobre lo ocurrido dentro del local. Algunos de esos relatos describieron burlas y humillaciones contra el cantautor, aunque no todos pudieron comprobarse de la misma manera, por lo que las versiones transmitidas durante años fueron diferenciándose de los hechos que lograron ser establecidos. Ese largo camino llevaría finalmente a identificar y procesar a varios antiguos militares por los asesinatos de Jara y Quiroga, hasta conseguir que la justicia avanzara y entrara en una nueva fase que se prolongó muchos años después de terminada la dictadura de Pinochet.
En 1991, la Comisión Nacional de la Verdad y de Reconciliación reconoció a Jara como víctima de una ejecución política, mientras las investigaciones seguían reuniendo declaraciones que con los años llevaron hasta antiguos miembros del Ejército. Uno de los nombres que apareció fue el de Pedro Barrientos, quien había salido de Chile y residía en Estados Unidos, donde Joan Jara y sus hijas Manuela y Amanda presentaron una demanda civil en su contra. El caso llegó a juicio en 2016 y varios testigos declararon sobre su actuación durante los días posteriores al golpe de Estado, aportando sus testimonios ante un jurado federal que finalmente encontró a Barrientos responsable de la muerte del cantautor y concedió a la familia una indemnización de 28 millones de dólares. Para ese momento, la causa también avanzaba en Chile y comenzaba a acercarse a otros implicados que años después serían condenados por los asesinatos del cantante y Littré Quiroga.
Ese proceso llegó a un punto decisivo en agosto de 2023, cuando la Corte Suprema de Chile ratificó las condenas contra antiguos miembros militares, por los secuestros y homicidios de Víctor Jara y Littré Quiroga. Entre los sentenciados estaba el coronel retirado Nelson Haase Mazzei, condenado a 25 años y dos días de cárcel, quien escapó antes de ingresar a prisión y permaneció prófugo durante tres años. La Policía de Investigaciones lo localizó en julio de 2026 y una magistrada ordenó su ingreso a prisión, convirtiéndose en el último de los condenados por ambos crímenes que comenzaba a cumplir su pena. Amanda Jara, hija de Víctor y presidenta de la Fundación que lleva el nombre de su padre, valoró la detención, aunque expresó que después de tantos años resultaba difícil considerarla como justicia.
Este 16 de septiembre, Víctor Jara llega al 53 aniversario de su partida con una obra que permanece más allá del tiempo y de las fronteras. El próximo 28 de septiembre habría cumplido 94 años, una cercanía de fechas que este mes conserva alrededor de su nombre. Entre sus canciones quedó “Ni chicha ni limoná”, donde escribió: “Uste’ no es na’, ni chicha ni limoná, se la pasa manoseando, caramba zamba, su dignidad”. En Nicaragua, esos versos describen, desde la visión de nuestro pueblo, a los golpistas, traidores y vendepatrias que han pretendido entregar la soberanía y la dignidad del país a intereses extranjeros.